martes, 12 de julio de 2011

Apócrifos de San Juan en Patmos (1)

Cuando el placer por prevalecer al precio que fuera contamine cualquier otra dimensión de la existencia, creyendo estar plenamente vivos, resultará que empezareis a estar muertos. Vais a apestar.

Incapaces de ver más allá de vosotros mismos, pondreis todo al servicio de un yo necesitado de pretextos que prevaricará día y noche homicida y pomposo. Todo serán instrumentos. Vuestras mujeres, vuestros maridos, vustros hijos, vuestros padres. Vuestros amigos y los amigos de éstos. Vuestros consumos.

Pronto no hubrá mejor retrato de uno que una buena factura del Mercadona. En la periferia (siempre más desgarradora) las enmarcarán y las pondrán sobre la mesita de noche. Alguien morirá en alguna parte y en el nicho le pondrán flores a su tarjeta de crédito. Destrozados, los familiares del muerto la mirarán y sollozarán: -"No somos nada."

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jueves, 16 de junio de 2011

Ocho

El marino llamado Travis S. Merryman Jr, a pesar de dejar de dormir sobre las seis y media de la mañana, no ha sido capaz de despertar. Así, sumido en una extraña duermevela, bajo una gruesa manta de lana, lleva horas retorciéndose como una crisálida. Sobre su hamaca, a la sombra del sicomoro que plantara su tía Mary Sue Merryman, jamás creada por W. Faulkner.
Como un mirlo, ha visto amanecer entre las ramas y por la puerta entreabierta del sueño inconcluso, se han colado personajes desaparecidos hace mucho tiempo, como su madre, que ha pasado ante sus ojos en la flor de la juventud, montada en una vieja bicicleta con la cesta llena de repollos y la cabeza rebosante de sueños que jamás vendrían a cumplirse.
Con cierta aprensión, ha visto pasear por la ribera a aquel amigo de la infancia con las manos llenas de verrugas que se ahogó en el río una tarde interminable de verano. Ha respirado hondo después, aliviado de que no le hayan visitado hoy los amores dorados y primeros de la juventud. No ha visto a Lourdes, la hija del joyero francés que le regaló a escondidas la primera noche de amor de su vida, a pesar de estar reservada para los jóvenes de posibles. No ha venido Stella, la hermosa campesina que adornó sus veinte años recién cumplidos. Ni rastro de Blanche, la bebedora, "gracias a Dios" -Se ha dicho.-
Pero he aquí que las puertas del sueño se traviesan en ambas direcciones y el marino, sin ser visto se ha colado en el aire perfumado del sueño.
Ha recorrido una larga carretera flanqueada por altos macizos de hierba, cree haber visto pasar un tren a lo lejos y ha callejeado después por un pueblo que tal vez le ha resultado algo familiar, a pesar de no ser ninguno de cuantos conoce.
Ha entrado en una taberna en la que ha visto escrita una apuesta contra él en una gran pizarra verde y, apoyándose en la barra de ajado mármol travertino, ha preguntado cómo va el juego.
Un hombre, sonriendo, ha arrastrado hacia él un vaso de vino blanco con el dedo índice y le ha contestado: -"Se paga quince a uno. Bebe algo. Deberías saber que ya nadie apuesta por tí".



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sábado, 28 de mayo de 2011

Siete

La cabeza del autor, jamás creada por W. Faulkner, funciona de modos misteriosos.
Según se las encuentre, las ideas que produce no suponen ningún riesgo para él ni para sus semejantes. Algunas se comportan como rebaños de ovejas que, bucolicas, pacen mansamente aquí y allá sin causar sobresaltos en el paisaje. Si el destino de una idea es cambiar algo, éstas no cambian nada. Se diría que la cabeza del autor las produce por que no le queda más remedio y para eso está. Son ideas-zapatilla-de-andar-por-casa.
Otras se encienden dentro de su cerebro y luego suelen consumirse rápidamente en el tercero izquierda de la hipófisis o al fondo de algún sombrío pasillo del inconsciente, siempre tan mal iluminado a pesar de tanto electricista freudiano. El cerebro del autor, no obstante, no es un árbitro imparcial ni un moralista y suele conceder más importancia a unas que a otras básicamente por una cuestión de estética dado que tiende a pensar que todo lo bello es, por el hecho de serlo, en mayor o menor grado, bueno. No se podría decir que tiene una cabeza bien amueblada, pero sí que la contemplación de los cachivaches que hay en ella, en general y salvo excepciones, le complace.
El cerebro del autor, que hoy está demasiado pendiente de las caderas de Edna lomax, tiende también a tomar por importantes a las ideas que están relacionadas con cuestiones capitales de la vida tanto en lo individual como en lo colectivo. El problema que suelen presentar estas ideas es que tienen la dichosa manía de aislarse (son muy suyas) y tienden a volar cada vez más alto. El autor, que las produce y por ello las conoce bien, deja que acaben por desvanecerse en el azul brillante (no podía, obviamente, ser otro) por que tienden a rezumar músicas rimbombantes que acaban por agotarle, pero sobre todo, las deja ir porque la dificultad de compartirlas con sus semejantes sin que le produzcan las clásicas contradicciones con las que éstos pueden entretenerse despedazándolo a la hora del té con pastas, termina por hacerlas insoportables.
Otras ideas, la mayoría de ellas, revolotean en pequeños grupos que generalmente se comportan de un modo previsible y se pierden sin más en algún impreciso limbo de los muchos que la cabeza del autor es capaz de destilar (es una especialista destacable en estas cosas). A veces se extinguen sin más. Se apagan igual que una cerilla.
El problema es cuando algunas de esas ideas, por un motivo u otro se acercan demasiado a la reseca corteza de su encéfalo, que como el corcho rugoso de un alcornoque, igual que un bosque devorado por lenguas de fuego incontrolables, se inflama forestal e irremediable.

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jueves, 21 de abril de 2011

Seis

Hoy todo es un ruído.
El eco de los niños de vuelta al patio de los colegios, los platos de loza arrojados al fregadero, la música prescindible de otra emisora estúpida. Los coches apresurados, las palomas que se aparean otra vez y arañan la chapa del alero, los gritos de los obreros, el frenazo del autobús, como un animal de tiro que resopla apurado. El perro que ladra en el jardín vecino. Su estómago que muge como una vaca a punto de parir, el soplo de su corazón, el saxofón desafinado de sus bronquios tapizados de alquitrán y trazas de tabaco.
Hoy todo es un ruído.
Hay días en que oye distinto.
Días en que la dimensión sonora de las cosas supera a todas las demás y como resultado de ello, hoy todo es fundamentalmente un ruído. Hasta el puto sicomoro es un ruído adosado a una sombra adosada a un verde adosado a un leve movimiento vagamente pendular.
El sol. Las sombras. Los peces. Los pájaros. Las olas. El rudimento de sus pensamientos, la confusión de sus ideas atolondradas e inútiles, sus proyectos siempre inacabados, la niebla de sus recuerdos en la memoria, sus sueños reducidos a una música desafinada y fragmentaria, sus miedos, su impotencia para encontrar un empleo y rehacerse y sobre todo, el temor a perderla a ella, que no es un ruído, sino una música fiera atravesando sus neuronas mientras cruza el porche resoplando como una bestia encerrada, sudando hermosa con el pelo recogido sobre la nuca y la bayeta amarilla en la mano.
Mirándole de reojo de una manera jamás descrita por W. Faulkner que hoy, por cierto, es también un ruído.

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martes, 8 de marzo de 2011

Cinco

Una leyenda urbana dice que en un sótano inmundo, en alguna parte de Nueva Orleans, hay un ascensor que baja directamente hasta el infierno. Nadie que haya conseguido llegar hasta la puerta de ese ascensor, ha regeresado para confirmar su existencia y desgraciadamente no se puede saber si tras el desastre del huracán Katrina, seguirá en funcionamiento.

Ahora bien, teniendo en cuenta que las condiciones de vida en el infierno no deben diferir mucho de las que se dan en un país algo así como España en un mes de Julio cualquiera, el autor, jamás creado por W. Faulkner, puede suponer que el servicio técnico encargado de repararlo estará en huelga, amenazará con estarlo o bien habrá sido despedido directamente después de no cobrar la nómina desde los tiempos de la Contrarreforma y sin derecho a rechistar. Entra, pues, dentro de lo posible que sin haber sido despedido todavía, lleve sin cobrar desde ni se sabe, lo que explicaría su escaso celo en el trabajo.

Otra hipótesis de las varías que se podrían contemplar, es la de que Mefistófeles que gestiona el servicio desde los tiempos del Pentateuco, lo haya subcontratado a algún pobre diablo menor o haya decidido privatizarlo, por lo que muchos que tenían ya el billete, se han quedado en tierra mientras se aclara todo, lo que explicaría que el porcentaje de MALNACIDOSHIJOSDEPERRA que de un tiempo para acá vienen recogiendo las encuestas ande tan disparado.

Otra leyenda, ésta es moldava, cuenta que en la noche del Equinoccio de Invierno, el diablo pasa un momento frente a todos los espejos del mundo sin que podamos verlo; pongamos que sería conveniente aprovechar la ocasión e ir pensando en escribir en todos y cada uno de ellos una reclamación formal en toda regla.

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martes, 25 de enero de 2011

Cuatro (Reedición)

Después de haber presenciado como los políticos y los banqueros orinaban todas las mañanas sobre la igualdad, la justicia y el bienestar para después escuchar a la felicidad vertiéndose por el desagüe.
Justo tras haber observado cómo la ciencia, lejos de liberarle de sus cadenas, había acabado por estar al servicio de quienes apretaban sus grilletes.
No sin haber apreciado antes con cláridad cómo los filosofos habían alcanzado finalmente el supremo estadio del conocimiento que consistía en no saber ya ni dónde tenían la mano derecha.
Más o menos el día en que intentó buscar la felicidad en un centro comercial para no encontrarla.
Mucho después de preguntar por la verdad y de que le aseguraran que no existía, aunque la mentira sí.
Una vez hubo constatado que la prensa no se había vendido al capital, sino que era el capital mismo.
Tras haber llegado a la conclusión de que Dios andaba perdido en alguna parte del cielo, posiblemente durmiendo la mona y sin la menor intención de volver.

Es decir, después de haber sido minuciosamente deconstruído por una realidad deliberadamente caótica, tras veintitrés años, siete meses y cinco días devanándose los sesos aplastado en su mecedora, el personaje jamás creado por W.Faulkner llamado Travis S. Merryman Jr. Llegó, a la sombra del sicomoro que plantara su tía Mary Sue Merryman, jamás creada tampoco por W. Faulkner, a la conclusión de que ya no era capaz de creer en nada.

En nada excepto en que la conciencia era una especie de burbuja, de ahí su fragilidad y el escaso rendimiento de sus intercambios con el entorno y que, en el caso de los niños, era más bien una irisada y brillante pompa de jabón flotando felizfelizfeliz en el aire azul de un fugaz mes de Junio.

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sábado, 1 de enero de 2011

Tres

A veces el marino se retuerce sobre la hamaca como si tuviera un cartucho de dinamita en el culo. A veces tiembla y se estremece. A veces suda frío. Jura en voz baja a la sombra del maldito sicomoro pero ya hace tiempo que no se hace cruces por nada. Se diría que ni siquiera languidece aplastado sobre su mecedora.
Aprendió de la mar a no tener certeza alguna y a no dar amor ni hacienda alguna por segura, tampoco le preocupa demasiado, todavía una vela en el horizonte le hace soñar lo justo el tiempo necesario. Ha aprendido de la mar a no tener prisa, pero no ha aprendido todavía la constancia de la ola, aunque prefiere la madrépora al bosque y las perlas a los guisantes, y eso casi le consuela vagamente, de momento.
Lo vive todo muy sin querer.
Igual que calienta el sol sin llama de cada invierno, o duerme la semilla del cáncer en el corazón de un ángel de siete años y no sabe si llorar o reir pensando que en esta acumulación de génesis inciertas reside él mismo, el mundo, las estrellas.

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